jeudi 9 septembre 2010

ROMANCETE BURLESCO.

Así, Marisabidilla
Partió con Don Mandamás
Y con el Chivo Emisario
Y con Marie-couche-toi-là,
Para ir al Tibi-Dabo,
Discutiendo sin parar.
Preguntaron al chiquito
De cómo ir y llegar,
Pero él no se acordaba,
Ni Mari quería hablar
Y nadie estaba de acuerdo :
Barrio Chino o frente al mar.
En un barcito de tapas
Se hartaron de calamar
Frito y de vino pipeño
Y se fueron a bañar.
A ellos les complacían
Chiringuitos, el lugar,
La mar que siempre veían
(Y ésa que no verán más).
Ella tiesa y orgullosa,
Él, tan guapo y singular
Voceando, despotricando
Sin querer nada escuchar.
El Chivito sollozaba
Como era de esperar,
Mari miraba de reojo
Buscando un «gachó pa’mal»
Con el cual irse de ronda
Por su bien o por su mal.
Divisó un azotaplayas
Que faroleaba al azar
Buscando a la perla rara
Que lo invitara a cenar.
Mari andaba sin blanca,
El chaval, sin un real,
Y los padres, enfrascados
En su reyerta habitual
No se dieron el trabajo
De mirar ni de escuchar.
«Novios» de mentirijillas
Se fueron diciendo ¡ amor !
Luego, muy chiticallando,
Hacia la Plaza Mayor,
Hacia el cerro de los gatos
O tal vez a Mataró,
Nadie supo más de ellos
Y nadie más los buscó,
Se perdieron en la bruma,
El mundo los olvidó.
Chivito se fue a las olas,
A seguirlas, y a llorar;
Sus lágrimas se fundieron
Con las aguas, con la sal.
Nadie preguntó por él,
Ni adónde fue a parar.
Tal vez se fue al Paraíso
A guasones soportar,
Que le atasen bien las alas
Para impedirle volar.
Pues, ¿adónde van los bueyes
Que no les hagan arar ?
Marisabidilla, loca
De soberbia y de despecho,
Gritaba, sola, que todo
Se secó, que se ha deshecho.
Ella sabía, seguro,
Qué fue lo que aconteció :
Nadie la quiso escuchar,
¡ Ahora vean, por Dios,
Penas de una pobre madre
Que a sus hijos protegió
Contra las iras del padre !
Ella tuvo la razón.
Sus sinrazones no valen
¡ Pues jamás las pronunció !
¡ Quién sabe de dónde salen !
No es ella, ¡ que no, que no !
Y le dicta a su abogado
Sus feroces exigencias
Pues alguien ha de pagar
por la loza que se quiebra.
Don Mandamás, intratable,
Tampoco quiso ceder,
Y partió rabioso al puesto
Que ocupaba, en el poder.
Violento y duro, comanda,
Subalternos inferiores,
Y su espinazo se pliega
Ante jefes superiores
Muy flexible; él acepta
Tanta injusticia que vive,
A cambio de desquitarse
Con los pobres infelices.
Rellenando así su vida
Mecánica, gris y hueca,
Con roña, grasa y estopa ;
Vida chocarrera, chueca.
Nada sabremos más de ellos,
Pues, en verdad, ¿ Eso importa ?
¿ qué más decir de estos memos ?
Existencias … ¡ vanas, tontas!
¡ Perderlas es lo de menos !
Si Vd. sabe qué es de ellos…
Por favor, ¡ no me lo diga !
Prefiero mis soledades…
¡ A tal magra compañía !

Jean-Yves Marin
(Francia, le 09-08-2010).

Aucun commentaire:

Enregistrer un commentaire